HOMILIA TERCER DOMINGO DE PASCUA
DOMINGO TERCERO DE PASCUA, ciclo C
Hechos 5, 27-32.40-41
Apocalipsis 5, 11-14
Juan 21,1-19
Aurelio Ferrándiz García
Parroquia Ntra. Sra. de Belén
Bigastro
“¡ES EL SEÑOR!”
La Palabra de Dios de este domingo nos muestra para nuestra meditación los primeros pasos de la Iglesia naciente. Son los Hechos de los apóstoles. Hechos que comienzan dando testimonio. Estas son las palabras de Pedro:
“Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen”
Los apóstoles son testigos de la resurrección y tienen la necesidad de contar y pregonar a todos lo que ha ocurrido: “El Dios de nuestro padres resucitó a Jesús” “La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo jefe y salvador”. Esta convicción profunda de fe convierte a los discípulos del Señor en apóstoles de la resurrección. La resurrección del Señor no era cualquier noticia que pudiera pasar desapercibida o incomunicada. Aunque pasaran por torturas y persecuciones, ellos sentían la urgencia de hablar y enseñar por toda Jerusalén esta gran noticia. Obedecer a Dios es más importante que la amenaza de los azotes y las prohibiciones. Aquí está, pues, el comienzo de la Iglesia. Un acontecimiento, una experiencia, que se convierte en valiente noticia, que empuja a salir por el mundo, superando las amenazas y las incomprensiones.
No es suficiente ser buenos y hacer todo el bien que se pueda para ser la Iglesia de Jesucristo. La Iglesia de los comienzos se distingue porque cree en la resurrección del Señor, cree que Jesús es el Señor y Salvador y esto hay que pregonarlo a los cuatro vientos. Hablemos, pues, de la resurrección del Señor, hablemos a los demás de Jesús como el Señor y el Salvador de nuestras vidas. La resurrección hay que vivirla y testimoniarla. También en nuestros días hay que llenar todos los pueblos, las familias, los lugares de trabajo, las calles de esta enseñanza: la resurrección es la victoria de Dios, es la última palabra de la vida, ni la muerte ni el pecado, ni el engaño serán el final del hombre, sino la vida de Dios.
En la segunda lectura hemos escuchado las palabras de San Juan en el Apocalipsis:
“Digno es el cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza”
Hay que mirar al cielo y contemplar a Jesucristo, meta y destino de la Iglesia. Somos parte también de la Iglesia de cielo. Allí esta Jesucristo sentado a la derecha del Padre. La Iglesia de la tierra necesita mirar siempre al cielo, para no perder la perspectiva. Jesucristo merece nuestra vida, y nuestro esfuerzo, en él está el sentido de lo que hacemos y sufrimos. Él es la razón de nuestra fatiga, en él está nuestra fe y nuestra esperanza. La Iglesia no es una multinacional que se ocupa de resolver los problemas económicos de la gente, (cosa importante que está en las manos de otros) sino una asamblea de hombres que con sus vidas confiesan que Cristo merece toda la alabanza y la gloria.
En el evangelio encontramos algunos rasgos de la Iglesia:
Los apóstoles le dicen a Pedro “vamos también nosotros”.
La vocación de los discípulos nació en el lago: “Os haré pescadores de hombres”. La expresión “vamos contigo” demuestra la actitud de los discípulos de salir al mar, al trabajo, a la faena. El lugar de la Iglesia está en la misión, no en la reclusión. Estamos para los demás, siempre hay tarea que realizar. La Iglesia es misionera. Deberíamos decir cada uno de nosotros “vamos también contigo”. Vamos a movernos, vamos a salir, vamos a ayudar, vamos a trabajar. Hay mucho que hacer en el mar de Dios. En ese océano inmenso que es la humanidad necesitada de Dios.
“Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: Es el Señor”
Para confesar con los labios y con el corazón “es el Señor” hace falta fe. La Iglesia de Jesucristo se sostiene por la fe, esa fe que mueve montañas. Cuando confieso en mi vida “es el Señor” los problemas se llevan mejor, experimento que alguien me ayuda a llevarlos. Estoy apurado y no sé cómo voy a salir, ni qué voy a decir, pero dentro de mí exclamo ¡“es el Señor”! y un sentimiento de paz inunda mi alma y mi ser. En el confesionario recibo a una mujer cargada de remordimientos por llevar una vida borrascosa en el pasado, la invito a mirar su futuro cargado de esperanza y recibe el perdón de sus pecados, y los dos experimentamos que ¡“es el Señor”!
“Jesús se acerca toma el pan y se lo da”
La Iglesia del resucitado se reúne en torno al Señor para recibir el pan. Es el sacramento de la eucaristía que nos hace caer en la cuenta que el Señor se nos da como alimento, es su pan eucarístico, su presencia gloriosa y resucitada en las especies del pan y del vino. Cada vez que celebramos la eucaristía experimentamos la presencia viva del Señor en medio de nosotros, “que se acerca toma el pan y nos lo da”.
“Sí, Seño tú sabes que te quiero”
Sin amor a Jesucristo no hay Iglesia. La Iglesia se fundamenta y crece en el amor profesado al Señor. Todos los cristianos deberíamos responder al Señor con la respuesta de Pedro: “Tú sabes que te quiero”. De nada sirven nuestros proyectos pastorales, ni nuestras actividades, sino no están motivadas por un amor grande al Señor. Él no espera de nosotros más que el amor, un amor personal, renovado todos los días. Lo demás en la Iglesia será añadidura.


